El (verdadero) club de la comedia

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | Esquilo, nacimiento y muerte de la tragedia | Igual que el Julio Iglesias que popularizó aquella simplona canción escrita ‘ad hoc’ por el Dúo Dinámico, ‘El Brujo’ es un truhan y es un señor, pero cada vez alardea más de lo primero que de lo segundo. La más flamante evidencia de ello se titula ‘Esquilo, nacimiento y muerte de la tragedia’, pero podría titularse, como cualquiera de sus (pen)últimas creaciones, ‘Con permiso, voy a contarles lo que me salga de los mismísimos durante un par de horas’.

Porque el actor cordobés hace ya mucho tiempo que (re)cuenta la misma retahíla de antojos. Solo así puede explicarse que en la actualidad alterne sobre los escenarios hasta siete espectáculos (supuestamente) distintos —‘Autobiografía de un Yogui’, ‘La luz oscura’, ‘Misterios del Quijote’, ‘Lazarillo de Tormes’, ‘El asno de oro’ y ‘Cómico’, más el que aquí nos ocupa— sin volverse majara. En realidad, su táctica consiste en cambiar de percha para ponerse cada día el mismo traje, ignorando la importancia de que el espectador le adivine las costuras.

Ahí reside el éxito incontestable de su(s) propuesta(s): el público le rinde pleitesía, le sigue allá donde vaya como los fieles a su pastor: tanto da lo cuente; lo que se disfruta es cómo lo cuenta, y eso no varía en demasía de una función a otra. Se intercambian algunas anécdotas, las noticias de actualidad comentadas y la manera de interactuar con su claque pero, en realidad, nada cambia. Siempre es lo mismo, con lo que eso pueda tener de bueno y de malo.

Lo bueno es bien sabido: ver al ‘Brujo’ es ver al mejor monologuista de nuestro país; es darse un garbeo por el (verdadero) club de la comedia; es contemplar al mejor bufón del reino; es, en fin, asistir con asombro al despliegue técnico y artístico de un actor superdotado que hace honor como pocos a la expresión maestro de ceremonias.

Lo malo, por desgracia, también va siendo de público conocimiento, por exceso de reiteración: ver al ‘Brujo’ es asistir a la desmesura discursiva, al capricho constante y a un irrefrenable derroche de boutades; es aceptar, de antemano, que te den gato por liebre; es asumir que, pese al goce que supone admirar el virtuosismo escénico de un genio, uno se levantará defraudado de su butaca.

Solo a una figura como Rafael Álvarez ‘El Brujo’ se le permite afirmar en el programa de mano ser el autor de la versión de un original de Esquilo, cuando, en puridad, las palabras de Esquilo contenidas en el espectáculo se cuentan con los dedos de una mano. Solo a él se le permite afirmar en rueda de prensa que su montaje está basado en el libro de Nietzsche ‘El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música’ para, finalmente, asistir pasmados a una conferencia centrada en el mito de Edipo —popularizado por Sófocles—. Solo a él se le permite interrumpir su función cuando se halla en el punto más alto —en honor de Dioniso, o sea, para multiplicar las ganancias de los bares portátiles del Festival— para castigarnos con una segunda parte soporífera e interminable.

Pero que nadie se confunda: estamos hablando de ‘El Brujo’, y conviene no perdérselo, porque algún día lo echaremos (muchísimo) de menos.

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