‘Orestiada’ light

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | La Orestíada | Hasta ahora, ‘La Orestiada’ había sido incluida en la programación del Festival de Mérida en siete ocasiones: José Tamayo —tres veces—, Manuel Canseco o Mario Gas fueron algunos de los osados directores que se atrevieron a poner en pie la monumental trilogía con la que Esquilo ganó las Dionisias de Atenas del año 458 a de C; pero hacía ya una década —aquello fue un montaje menor, representado en la Alcazaba árabe— que las tribulaciones de la saga de los Atridas no lucían, en todo su esplendor, en el certamen que con mayor fidelidad las ha acogido. Y ha tenido que ser el reincidente José Carlos Plaza quien haya vuelto sobre sus pasos para recrear de nuevo este (in)abarcable fresco de la condición humana, algo que ya hiciera en 1990, aunque entonces de la mano de un elenco de mayor pedigrí teatral.

http://www.festivaldemerida.es/fotos/fotos_prensa/2015/files/2015_fichero_1.jpgQue este sea el undécimo espectáculo dirigido por Plaza en el Festival de Mérida resulta sintomático pero aún lo es más que haya participado en cinco de las seis últimas ediciones —las dirigidas por el ínclito Jesús Cimarro—, sobre todo si atendemos al paupérrimo balance artístico de sus más recientes propuestas —en todas las cuales, curiosamente, Cimarro ha ejercido como productor—: ‘Electra’ (2012); ‘Hécuba’ (2013); ‘Medea’ (2015); y ‘La guerra de las mujeres (Lisístrata)’ (2016). No hace falta echar mano de los manuales de conspiranoia para concluir que, en este ayuntamiento artístico, hay dos claros beneficiados: Plaza como asalariado —tiene asegurada una buena soldada anual— y, principalmente, Cimarro como empresario, pues financia con recursos públicos lo que a posteriori explota comercialmente como empresario privado sin que la autoridad competente le exija el más mínimo rendimiento de cuentas. Y todo esto, a costa del sufrido espectador, al que año tras año le endilgan una (in)evitable dosis de espectáculo somnífero.

‘La Orestiada’ de 2017 no pasará a los anales como excepción a esta condenada regla y, a ojos del cronista, acaso sea la más desganada de las puestas de Plaza en el Teatro Romano hasta la fecha. Ni la mínima(lista) escenografía de Francisco Leal, ni los simples ropajes de Pedro Moreno, ni la desajustada iluminación de Toño Camacho, ni el estridente espacio sonoro de Mariano Díaz… ni siquiera las prescindibles proyecciones audiovisuales de Pulse Creativa, han sido capaces de esconder, o al menos disimular, lo que se ha convertido en la tónica habitual de los últimos montajes del director madrileño: una preocupante confusión entre teatro clásico —que es lo que debería ofrecer un festival como el de Mérida— y teatro antiguo —más propio de los gustos de las antiguas Grecia y Roma que de los intereses del público contemporáneo—.

Mas, como las desgracias nunca vienen solas, la dinámica negativa del montaje parece haber arrollado, a su paso, incluso las excelencias del adaptador del original de Esquilo. Sorprende que Luis García Montero, un poeta de virtudes superlativas —el mayor de las letras españolas en los últimos treinta años— y un animal político de primer orden —comunista de pro y candidato por Izquierda Unida a la Presidencia de la Comunidad de Madrid en 2015—, haya rebajado la altura poética y la profundidad de la peripecia de Orestes y su familia hasta dejarla en un texto de lenguaje llano, desprovisto en su mayor parte de la trascendental carga socio-política y humana que posee la trilogía primigenia.

Así las cosas, la que sale mejor parada del envite es la verdadera protagonista de la función: Ana Wagener encarna a una Clitemnestra compleja, que se bifurca de manera sobresaliente en los roles de esposa ultrajada y de doliente reina madre luciendo una admirable variedad de registros. A su vera brilla igualmente María Isasi, especialmente cuando da vida a la íntima enemiga de Clitemnestra, la princesa Casandra. Su poderío físico y vocal lleva tiempo reclamando personajes de mayor enjundia. El resto del reparto se debate entre el aprobado por los pelos —Juan Fernández, Felipe García Vélez, Ricardo Gómez— y el escandaloso suspenso —Roberto Álvarez, Alberto Berzal, Amaia Salamanca—, que suelen ser el resultado de elegir intérpretes anteponiendo la popularidad a la trayectoria. Así se venden más entradas pero se multiplican las carencias.

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