Solo para nuestros ojos

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | Viriato | Cuando uno se pone la venda antes de ser herido es porque se teme lo peor. Lo advierte nuestro nunca bien ponderado refranero y, en un alarde de sabiduría popular, lo pusieron en práctica varios miembros del elenco de ‘Viriato’ nada más retirarse del escenario tras su estreno. En la rueda de prensa inmediatamente posterior a la función de apertura, el alma mater del proyecto, Fernando Ramos, entonó una sorprendente ‘excusatio non petita’, aclarando que no sabía si su flamante empeño iba a calar entre el público, pero que él y sus compañeros habían trabajado muy duro para que así fuera. ¡Solo faltaba!

A cualquier artista, el trabajo se le (pre)supone; como a los soldados el valor. Más aún cuando de talento anda justito. Lo que ocurre es que tanto Ramos como el resto de su familia artística sabían de antemano que ‘Viriato’ es la peor de todas sus recientes producciones para el Festival de Mérida, y que, a esa hora intempestiva, los espectadores ya habían caído en la cuenta: por diversos motivos, con esta anunciada crónica de la muerte de un caudillo lusitano han salido a la luz todas las vergüenzas de un equipo técnico y artístico que, hasta la presente, se las había apañado mejor que bien para disimularlas.

http://www.festivaldemerida.es/fotos/fotos_prensa/2317/files/2317_fichero_1.jpgEl primero en quedar al descubierto ha sido Florián Recio, que hasta ahora se había limitado a versionar con (más o menos) tino a Plauto —en ‘Los gemelos’ (2013)— y a Cervantes —en ‘El cerco de Numancia’ (2015)— pero que, aprovechando la gracia que le conceden los dioses cada dos años desde que su hermano es jefe de Producción del Festival —en un descarado y consentido ejercicio de nepotismo—, en esta ocasión ha desperdiciado su bula ofreciendo un paupérrimo texto original. Su ‘Viriato’ le debe más a Wikipedia y a un puñado de artículos revisteros que a los libros de historia y a los manuales de arte dramático, y eso se acaba notando: su simplista mensaje abochorna y sus rudimentarias formas espantan. Sin la percha de los autores clásicos, a su traje se le multiplican las arrugas.

Con esa prenda chuchurría, Paco Carrillo hace lo que puede, que no es mucho. Se equivoca en (casi) todas las elecciones que jalonan su dramaturgia, especialmente cuando obliga a sus personajes a lanzar tópicos excursos directamente al espectador, rompiendo el ritmo de la función por culpa de un puñado de prescindibles subrayados antibelicistas y feministas. Peor aún se gana el sueldo como director de actores: nunca un reparto suyo ha rayado más bajo, pese a contar con algunos de los mejores intérpretes de la región: a unos los obliga a sobreactuar, con ridículas modulaciones de voz o forzadas dicciones; y a otros les permite caprichos muy superiores a sus méritos, empezando por el protagonista de la cosa —el omnipresente Ramos, que debería limitarse para los restos a su labor como director de Producción—, que en ningún momento resulta creíble como azote del imperio romano, y mucho menos cuando envuelve su discurso ‘sotto voce’ en delicados pasajes musicales.

El interés y la emoción brillan por su ausencia en un montaje que, sin embargo, se gana el favor del público merced a un innegable acierto. El coro, formado por estudiantes de la Escuela Superior de Arte Dramático de Extremadura, se erige en el verdadero protagonista: cada uno de sus miembros, convertido en atemporal penitente, se desenvuelve por un espacio escénico desnudo cargado con un madero multifuncional que va dibujando, simbólicamente, una sucesión de plásticas escenografías. Escaso rédito para otra defraudadora producción extremeña que, al menos, nos alegra la vista.

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